La educación y el futuro de nuestra sociedad

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Transformar la educación significa cambiar el paradigma actual por uno en el que todos nuestros niños aprendan a través del juego, de las preguntas y del descubrimiento del mundo que los rodea. Transformar la educación solo es realizable a través de la alegría del aprender y eso solamente lo pueden impartir profesores que reciban salarios justos y bien preparados, capaces de hacerles ver a nuestros niños y adolescentes las bondades del compartir.

Por Ramón Latorre.
Leer en El Mostrador.

El estallido social que remece a nuestras calles con una fuerza pocas veces vista, pide de manera fuerte y clara que lo escuchemos y entendamos en toda su extensión y contenido. Una gran mayoría de los chilenos exige demandas sociales, que requieren que el sistema económico-social impuesto por la dictadura llegue a su fin y sea reemplazado por uno más justo y equitativo para todos. La demanda por una Constitución generada sobre la base de una participación de toda la sociedad, de manera representativa, es el mejor ejemplo de lo anterior.

Sin embargo, excepto los más desposeídos, todos somos cómplices de lo que está pasando porque tuvimos treinta años para reaccionar y no lo hicimos. Por lo tanto, aunque es tiempo de reivindicaciones, también debe de ser tiempo de pensar y dar las soluciones necesarias para que todas las justas exigencias de nuestra gente se lleven a cabo sin caer en los populismos que han llevado al desastre a tantos países hermanos de nuestro continente.

La justicia social solo se consigue si tenemos un pueblo altamente educado y con una conciencia cívica que, en la práctica, tiene que inculcarse desde que nacemos. El bienestar del otro es tan importante como el mío. Ahí es donde perdimos el rumbo y empezamos a educar para responder exámenes con nombres como Simce, PSU y otras siglas que eran el trampolín para entrar a la universidad con el objetivo de poder insertarse en el mercado laboral, pero no para ser ciudadanos comprometidos con el bienestar del vecino. Permitimos también que la educación básica y media se transformara en un negocio y endeudamos a nuestros estudiantes universitarios con préstamos grotescos.

Nosotros, los profesores universitarios, tomábamos nuestro lugar frente a los estudiantes para enseñar “materias”, pero la mayoría de las veces no explicábamos la filosofía y la estética que hay detrás del aprender y del pensar. En vez de transformar la sala de clases en un ámbito de discusión y diálogo, la convertíamos en un traspaso que muchas veces era solo de información y ni siquiera de conocimiento.

La educación actual tiene raíces en un neoliberalismo exacerbado que permeó todos los sectores de nuestra sociedad. Una educación basada en el logro individual, donde los que no pueden avanzar rápido se quedan atrás, dejados a su suerte. Donde la reflexión y el altruismo son estorbos para poder sortear rápidamente el siguiente paso que permite alcanzar un certificado que nos dé un estatus diferente y una aspiración a una calidad de vida mejor. Lamentablemente esto último no ha resultado como se esperaba, ya que al no constituirnos como sociedad, sino como una suma de intereses individuales, solo el más fuerte, el con más redes, o con un capital cultural o financiero mayor desde sus inicios, tendrá las posibilidades que a la gran mayoría le son negadas.

La PSU es un ejemplo clásico de lo que estamos hablando. Cada vez importa menos lo que se haya aprendido en el colegio, toda vez que un preuniversitario puede resolver cualquier problema de conocimientos que tenga el estudiante, entregándole una mecánica que le permita alcanzar altos puntajes en la prueba. ¿Significa esto que se pueden resumir cuatro años de educación en unas pocas horas de preuniversitario? ¿Tendrán estos estudiantes que ingresarán a la universidad  una formación de base que les permita alcanzar una reflexión o un razonamiento complejo? Del momento en que la educación se transforma en un producto de consumo, es toda la sociedad la que pierde, ya que el aporte de cada uno de los individuos necesariamente nos debe llevar a un desarrollo colectivo como país.

Frente a la situación que está pasando el país hoy en día, veo con preocupación que nuestros gobernantes hablen de la cuenta de la luz, de las AFP y de la salud sin hablar de transformar la educación. No sacamos nada, en mi opinión, si no tenemos un pueblo bien educado, asunto que lleva a tener chilenos que no posterguen las soluciones porque le pueden complicar en sus ascensos o en sus sueldos, sino ciudadanos que creen que para construir la democracia todos tenemos que ser parte de los problemas y sus soluciones.

Transformar la educación significa cambiar el paradigma actual por uno en el que todos nuestros niños aprendan a través del juego, de las preguntas y del descubrimiento del mundo que los rodea. Transformar la educación solo es realizable a través de la alegría del aprender y eso solo lo pueden impartir profesores que reciban salarios justos y bien preparados, capaces de hacerles ver a nuestros niños y adolescentes las bondades del compartir. Son ellos los que nos marcan para toda la vida.

De todo esto se desprende que tener un pueblo bien educado es uno que está bien preparado para construir un país justo para todos. porque solo eso nos hará levantarnos cada día con una esperanza nueva.

Leer en El Mostrador.

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