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Los probióticos nos protegen desde antes de nacer

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Se estima que en nuestro cuerpo hay más de 30 billones de bacterias, es decir, somos más bacterias que células humanas. Estos microorganismos viven en diferentes partes de nuestro cuerpo junto a virus, arqueas, hongos y protozoos conformando lo que conocemos como microbiota. La gran mayoría de estos organismos residen a nivel intestinal, pero también se pueden encontrar en nuestra piel, en el tracto urogenital, la boca y pulmones.

Publicado en El Mostrador el 25 mayo de 2023
Por
Camila Cerna Sánchez

Siempre que escuchamos sobre las bacterias pensamos en todos los problemas que son capaces de causarnos en nuestro día a día, como son las enfermedades, caries e infecciones; pero pocas veces nos detenemos a pensar en los beneficios que ellas nos entregan.

Se estima que en nuestro cuerpo hay más de 30 billones de bacterias, es decir, somos más bacterias que células humanas. Estos microorganismos viven en diferentes partes de nuestro cuerpo junto a virus, arqueas, hongos y protozoos conformando lo que conocemos como microbiota. La gran mayoría de estos organismos residen a nivel intestinal, pero también se pueden encontrar en nuestra piel, en el tracto urogenital, la boca y pulmones.

Esta asociación es beneficiosa para todos, nosotros les damos un lugar con las condiciones ideales para vivir y a cambio ellas contribuyen en nuestro buen estado de salud; cumpliendo un rol importante en nuestro metabolismo, nutrición, sistema inmune y a nivel neuronal.

¿De dónde conseguimos a nuestras amigas bacterias? Durante nuestra gestación nos encontramos en un ambiente relativamente estéril dentro del vientre, por lo que al nacer ocurre nuestra primera exposición, a través de nuestra madre, a los microorganismos que comenzarán un proceso de colonización. Este proceso es tan importante que hasta la manera en que nacemos, sea por parto natural o cesaría, es capaz de influir en nuestra futura microbiota.

La microbiota se va desarrollando y modificando durante la vida según nuestra alimentación y actividades, pero la influencia de la herencia microbiana materna perdura hasta la adultez y es capaz de afectar cómo somos y cómo nos sentimos.

Obesidad materna

Un problema importante en la sociedad actual es la obesidad como resultado del consumo de alimentos que contienen altas cantidades de azúcar y grasa. Este tipo de alimentación no solo tiene impacto sobre la persona, sino que se ha observado un efecto a largo plazo en el metabolismo y el neurodesarrollo de los hijos.

Diversos estudios en humanos y modelos animales han relacionado la nutrición materna con el desarrollo neuronal, las habilidades cognitivas, comportamiento y la salud mental de los niños. Se ha reportado que el consumo de dietas altas en grasas durante la gestación y la lactancia aumenta la predisposición de los hijos a sufrir ansiedad tanto en la juventud como la adultez.

Una posible explicación para este fenómeno es la estrecha relación entre el eje microbiota-intestino-cerebro, que actúa como un regulador fundamental del desarrollo de un individuo. La dieta y la obesidad materna modificaría negativamente la composición de la microbiota intestinal de la madre y su hijo. Este desbalance microbiano, o disbiosis, conllevaría a alteraciones neuronales y de comportamiento en la descendencia.

Poder revertir este desequilibrio de manera fácil y segura tanto para la madre como para el niño en gestación, y así prevenir futuros trastornos emocionales, fue uno de los objetivos de un grupo de investigadores de la Universidad de Colegio Cork en Irlanda a cargo del Dr. Daniel C. Anthony.

Para este estudio se utilizaron ratones hembra, a las cuales se les alimentó con una dieta alta en grasas 6 semanas antes de la concepción hasta el final de la lactancia. El tratamiento consistió en la administración de un probiótico compuesto de múltiples especies y cepas de bacterias beneficiosas durante las etapas de gestación y la lactancia.

En primer lugar, los autores reportaron que el consumo de probióticos era capaz de modificar la microbiota de las madres. En el caso del grupo que se alimentó con dieta alta en grasas que presentaban disbiosis, el tratamiento con probióticos mejoraba su composición asimilándose al grupo control. Junto a este resultado también se observó cambios favorables en el estado metabólico al analizar los niveles de diferentes moléculas asociadas al metabolismo (metabolitos) en tejidos como cerebro, hígado y sangre de las madres.

Uno de los resultados más interesantes que reportaron los autores fue que los probióticos eran capaces de cambiar los valores nutricionales de la leche materna, entregando más lactato y ácido grasos de cadena corta a la descendencia lactante.  El lactato es un metabolito que puede ser utilizado por las neuronas para obtener energía. Por otro lado, los ácidos grasos de cadena corta son producidos por la microbiota y favorece procesos antiinflamatorios.

Con respecto a la descendencia, se evaluó su comportamiento tipo ansioso a través de pruebas conductuales en las que se observó que el consumo de probióticos materno disminuye la ansiedad, tanto en etapa juvenil como adulta.

¿Cómo los probióticos podrían cambiar el comportamiento de los hijos? El uso de probiótico aumenta el lactato a nivel cerebral y butirato intestinal en la descendencia tanto en etapa juvenil como en la adultez. El butirato, al igual que los ácidos grasos de cadena corta, es un metabolito producido por las bacterias que tiene efecto antiinflamatorio. El aumento de ambas moléculas podría mejorar el metabolismo neuronal y disminuir la neuroinflamación asociada a la dieta maternal alta en grasas, mejorando así el estado ansioso de la descendencia.

Además, los autores reportaron cambios en la expresión de genes asociados a la actividad neuronal en la corteza prefrontal, que es una región del cerebro que participa activamente en la regulación emocional. Entregando evidencia de que la microbiota podría cumplir un rol regulador de expresión de genes a nivel cerebral.

Estos resultados sugieren que la incorporación de probióticos a la dieta materna ejerce un efecto duradero sobre las funciones neuronales y los metabolitos que participan en el eje intestino-cerebro de la descendencia, aumentando así la resiliencia a las alteraciones emocional inducida por la obesidad y las dietas altas en grasas maternas.

Cuidado de la microbiota

Sabiendo la importancia que tiene la microbiota en las distintas etapas de nuestra vida y dado que la microbiota puede ir cambiando de manera dinámica según nuestros hábitos diarios, surge la pregunta, ¿qué puedo hacer para mejorarla y mantenerla sana?

Entre las cosas que podemos hacer es aumentar el consumo de frutas y verduras que nos aportarán fibra, que es uno de los alimentos favoritos de nuestras bacterias intestinales. Ingerir alimentos fermentados que actúan como probióticos naturales que favorecerán a un equilibrio y mayor diversidad de microorganismos. No abusar de los antibióticos, dado que estos actúan de manera inespecífica, pudiendo eliminar tanto a las bacterias buenas como las malas de nuestro organismo. Por último, hábitos como el ejercicio diario, la hidratación y dormir bien contribuyen a mantenernos sanos, y con ello a nuestras bacterias.

Considerando que nuestra microbiota es propia de cada uno y necesita de un cuidadoso equilibrio, se aconseja que el consumo de probióticos sea supervisado por un profesional de la salud que le recomendará una suplementación adecuada, y entregará las pautas necesarias para mejorar nuestro equilibrio microbiano según nuestro caso particular. La clave está en tener una microbiota sana y no en el consumo de probióticos en sí mismo, y esto se logra a través de una vida saludable y una buena alimentación.

Fuente: https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.2108581119

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