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Garzón, sírvame un trago doble de empatía con hielo. ¡Por Favor!

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Seguramente tu mente esté exclamando en este momento «¡No puede ser!, ¿otro artículo más sobre el consumo de alcohol?», y, en consecuencia, te encuentras a punto de pasarlo de largo y continuar con preocupaciones más importantes de tu vida cotidiana tales como el trabajo, tu familia, tus amigos, la universidad, y, por supuesto, ¡la pandemia! No hay duda de que todos extrañamos las facilidades que teníamos antes de la crisis a la que nos enfrentamos estos días, en especial pasar tiempo con otras personas, y mucho más con quienes queremos. Las fiestas y las reuniones amenas con comida rica y unas cuantas cervezas. Ya sabes por dónde estamos yendo, ¿no? Y sí, el consumo de alcohol en definitiva puede perjudicar gravemente tu salud, pero ¿sabías que también puede complicar la forma en la que comprendes el sentir de los demás?

Publicado en El Rancagüino el 13 de diciembre de 2021
Escrito por Amelie Villegas y Dalis Aravena. Alumnas del Liceo de Rancagua
Profesores del Taller Neuronoticias: Tito Castillo y Grace Zamorano.

Un elemento fundamental en nuestras relaciones interpersonales es la empatía, la cual nos permite comprender las emociones y situaciones difíciles por las que pasa otra persona. Si la empatía está poco desarrollada, es posible que nuestra convivencia como seres humanos sensibles y emocionales se vea entorpecida. Y es aquí donde el alcohol vuelve a entrar en el juego; así como se han estudiado y demostrado déficits a nivel cognitivo y afectivo-emocional, no existen tantos estudios de cómo el alcohol puede afectar a nuestra empatía. Es por esto que investigadores de varias instituciones de educación superior, como la Universidad de Sussex y la Escuela de Medicina de Brighton y Sussex, ubicadas en Reino Unido, en conjunto con la Universidad de Reims y la Universidad Julio Verne en Picardía, ubicadas en Francia, se decidieron por estudiar en mayor profundidad cómo aquellos bebedores compulsivos y sociales natos, de fin de semana, perciben el dolor de los demás.

Los investigadores reclutaron a 71 participantes, pertenecientes a Reino Unido y Francia, quienes debían cumplir con una serie de condiciones para ser admitidos en la prueba, las cuales eran: ser mayor de 18 años, diestro, tener un índice de masa corporal normal; sumándole no contar con antecedentes psiquiátricos o neurológicos, no estar embarazada o en periodo de lactancia y no poseer algún elemento que pudiera alterar los resultados de la resonancia magnética, como lo pueden ser implantes metálicos, aparatos dentales o un marcapasos. Una resonancia magnética, es un examen médico que, a diferencia de las radiografías y el scanner (métodos que emplean radiación ionizante), utiliza imanes potentes y ondas de radiofrecuencia para obtener imágenes de distintas zonas del organismo; en este caso, de la actividad cerebral de los bebedores.

Los voluntarios también debían cumplir con el requisito de ser consumidores asiduos de un mínimo de 64 gramos de alcohol o más, semanalmente; esto equivaldría a un aproximado de 4,5 latas de cerveza de 350 ml con 5 grados de alcohol. Aunque seguramente te estás preguntando ¿de qué tipo de consumo estamos hablando?  El denominado binge drinking o “episodio excesivo de consumo de alcohol” es aquella práctica tan común en las fiestas y en nuestros festejos más importantes, como en las esperadas fiestas patrias de Chile, año nuevo o cuando juega nuestro equipo favorito en eventos deportivos, ¡y más cuando lo gana! Los tragos desaparecen con gran rapidez, casi por arte de magia; a esto se le denomina “atracón”. Entonces podemos definir que el consumo intenso se da al ingerir grandes cantidades de alcohol (o bebidas con altos gramos de alcohol puro) en muy poco tiempo, tanto durante un partido de fútbol como en un fin de semana. En Chile la unidad de bebida estándar (UBE) es de 14 gramos de alcohol, siendo calculada según el consumo de trago promedio de la población; y el mínimo de tragos para entrar en una categoría excesiva es de cinco para los hombres (lo que equivale a cinco latas de cerveza) y de cuatro para las mujeres.

Para clasificar a los bebedores en compulsivos o moderados, respondieron un cuestionario sobre consumo de alcohol, que permitió calcular el número promedio de unidades de alcohol consumidas semanalmente durante 6 meses. Con dicho cuestionario también se pudo calcular la puntuación de los atracones a partir del conocimiento de la cantidad de tragos consumidos por hora, el número de episodios de intoxicación por alcohol en los últimos 6 meses y el porcentaje de episodios de intoxicación en relación con la cantidad de veces que salieron a beber. Así es como los seleccionados fueron separados en dos grupos: bebedores compulsivos, con un total de 36 individuos con edades que iban desde los 18 hasta los 23 años, y bebedores no compulsivos, conformado por 35 personas con edades desde los 18 hasta los 26 años. Además, se investigaron aspectos como la impulsividad, estados de ansiedad, capacidad intelectual de cada uno de los sujetos y, por supuesto, la empatía.

¿MEDIR LA EMPATÍA?

Para evocar reacciones empáticas se utilizaron 128 imágenes repartidas mitad y mitad en situaciones de dolor y no dolor. Las imágenes fueron presentadas en cuatro bloques que consistían en 16 ensayos de imágenes de dolor en contextos domésticos y 16 de no dolor, presentados al azar, y se les indicó que presionaran un botón rojo según si la escena era dolorosa o no. El aspecto esencial del experimento en cuanto a la empatía es que al comienzo de cada bloque los voluntarios recibían una instrucción escrita para adoptar una de las dos perspectivas respecto a las imágenes que iban a observar, en donde se les pidió que miraran las imágenes suponiendo que ellos eran los protagonistas de la escena o bien, la otra perspectiva, en donde debían suponer que el protagonista era otra persona. Mientras los bebedores realizaban esta tarea se les iba registrando la actividad cerebral mediante resonancia magnética y se pudo comparar dicha actividad entre bebedores compulsivos y moderados en cuatro contextos distintos: de dolor propio y no dolor propio, de dolor ajeno y de no dolor ajeno. Es importante destacar que se garantizó que los sujetos estudio no bebieran alcohol doce horas previas al experimento de empatía, y que no consumieran drogas ilícitas por lo menos una semana antes.

La visualización de imágenes dolorosas activó con éxito la corteza somatosensorial, corteza cingulada medial anterior y la ínsula, áreas cerebrales implicadas en el procesamiento perceptivo y afectivo del dolor, sin que se administrara dolor físico real. Al comparar los resultados de ambos grupos de bebedores, se evidenciaron diferencias significativas en la actividad cerebral del área del cuerpo fusiforme, en donde los bebedores compulsivos tuvieron una mayor actividad al momento de visualizar escenas solo desde la perspectiva del dolor ajeno en comparación a los bebedores moderados. Pero… ¿el área del cuerpo fusiforme? ¿Qué es? Es una región cerebral que se activa cuando experimentamos dolor propio y cuando se observa que otra persona experimenta dolor, asimismo, se activa cuando se ven expresiones faciales dolorosas o frente a imágenes que representan miedo.

El que exista mayor activación del área fusiforme en bebedores compulsivos no significa que tengan un mejor procesamiento frente al dolor ajeno. Según mencionan los investigadores, una mayor activación en dicha área podría atribuirse a una mayor demanda energética para procesar la percepción del dolor ajeno, procesamiento que involucra integrar la percepción del dolor en sí con la localización del dolor en el cuerpo y la preparación de conductas socioemocionalmente relevantes; es decir, tienen dificultades para ponerse en los zapatos de otros frente a situaciones dolorosas. La situación descrita adquiere mayor consistencia frente a otro hallazgo: en el grupo de los bebedores compulsivos se detectó que les tomaba más tiempo identificar escenas dolorosas ya sea desde la toma de perspectiva propia o ajena, lo que, según los investigadores, sugiere una diferencia general en el procesamiento del dolor percibido.

Estos resultados, finalmente, no se vieron afectados por las diferencias socioculturales entre Francia y Reino Unido; a pesar de que la edad de inicio de consumo de alcohol en Francia es más temprana en comparación con Reino Unido, más allá de esta relación no existieron mayores diferencias, por lo que no fue relevante al momento de realizar el estudio. No obstante, no significa que el consumo de alcohol a edades tempranas sea algo que podemos pasar por alto. Para Chile, además de ser estadísticamente conocido como un país con un consumo compulsivo de alcohol, también cuenta con una edad promedio de inicio de consumo que ronda los 13 años. Según un informe oficial hecho por el SENDA en el 2016, el 63 % de los estudiantes desde octavo básico hasta cuarto medio declaran haber tenido, como mínimo, un atracón al mes previo al ser encuestados ese año; esto definitivamente debe ser una alarma para el país.

Así como sabemos que el alcohol puede ocasionar daños perjudiciales a un organismo ya desarrollado, en el caso de los jóvenes, quienes se encuentran en crecimiento y en proceso de desarrollo, las consecuencias pueden ser muy desafortunadas, sobre todo en el ámbito de las relaciones interpersonales. Una de las áreas del cerebro más importantes, y cuya madurez apenas se alcanza entre los 20 y 25 años, es la corteza prefrontal y se encarga de aspectos tan fundamentales como nuestra personalidad, el control de la conducta, la gestión de emociones, la planificación de nuestras acciones orientadas a objetivos, resolución de problemas o las actitudes que tenemos hacia los demás, entre otras. Tanto esta región cerebral como las demás que fueron ilustradas en este artículo se ven perjudicadas por el consumo de alcohol, especialmente si aún no han culminado su proceso natural de maduración, y una de las consecuencias más destacadas es la de llegar a convertirse en personas menos empáticas, debido a un desarrollo cerebral distorsionado por el consumo de dicha droga.

La empatía ha sido siempre un factor fundamental para nuestra sociedad, y hoy más que nunca con una pandemia que nos obliga a mantener distancia de los demás. El poder de comprendernos entre nosotros y lograr relaciones sanas, positivas y que nos hagan felices es algo que no podemos sacrificar por unas cuantas cervezas. Pero más que detener el consumo de alcohol, un objetivo muy poco realista, lo que buscamos es mayor responsabilidad y conciencia. Ponernos en los zapatos del otro, como bien dicen, es algo que requiere un esfuerzo y dedicación constantes; estamos seguras de que te gusta ser comprendido(a) y también se lo merecen aquellos que te rodean y que más amas y aprecias. Ya dijo Humberto Maturana que la ganancia de una sociedad colaboradora es mayor que la de una competitiva, y la empatía es un componente esencial para visibilizar al otro de manera que se logre construir una interacción en la que ambos colaboren y se beneficien. Así que deja un poco de lado ese trago y con este artículo, por favor, ponte un poco más en nuestro lugar. O espera, ¿acaso no puedes?

Referencia del Estudio

Título: Differential brain responses for perception of pain during empathic response in binge drinkers compared to non-binge drinkers.

Autores: Charlotte L. Rae, Fabien Gierski, Kathleen W. Smith, Kyriaki Nikolaou, Amy Davies, Hugo D. Critchley, Mickaël Naassila, Theodora Duka.

Fuente: NeuroImage: Clinical, Volume 28, 2020, Pages 102448.

Link: https://doi.org/10.1016/j.nicl.2020.102322

Artículo nace de un convenio entre Liceo de Niñas de Rancagua y Centro Interdisciplinario de Neurociencias de la Universidad de Valparaíso.

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