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Andrea Calixto: “La equidad no puede depender del ánimo del lugar, tiene que ser norma”

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En el marco del Día de la Mujer, la neurocientífica Andrea Calixto analizó las brechas de género en la academia, la falta de apoyos para compatibilizar maternidad y ciencia, y advierte retrocesos en equidad, destacando la divulgación como clave para fomentar vocaciones desde la infancia.

Publicado en El Mostrador el 25 de marzo de 2026.

En el mes donde se conmemora el Día Internacional de la Mujer, la investigadora del Instituto Milenio Centro Interdisciplinario de Neurociencia de la Universidad de  Valparaíso (CINV-UV) y académica de la Universidad de Valparaíso Andrea Calixto, conversó sobre cultura institucional, brechas de género en la academia, maternidad, liderazgo y el valor de la divulgación científica para sostener vocaciones desde la infancia.

¿En qué momentos te has visto expuesta a comportamientos naturalizados de violencia o trato denostatorio dentro del mundo académico?

Sí, tengo situaciones muy específicas de las cuales me acuerdo. Pero creo que es importante dar contexto. Yo no me crié en Chile, hice mi doctorado en Estados Unidos, en Nueva York, y ahí la equidad y el respeto dentro de la academia no eran un tema de “mujeres” o “minorías”, eran normas de convivencia. Se hablaba de cómo uno se debe comportar como persona en un entorno académico.

¿A qué te refieres con normas de convivencia?

A reglas explícitas. Yo estudié en Columbia University y lo primero que hacen cuando llegas es una inducción con tus deberes y tus derechos. Así tú sabes cuáles son los límites de una conducta aceptable. A algunas personas les molesta porque lo sienten rígido, pero eso mantiene un marco de orden sin tener que explicar demasiado. Hay cosas que simplemente no se permiten, independiente de si eres estudiante, postdoc o profesor.

¿Qué cambió cuando llegaste a Chile?

Cuando llegué, hice mi postdoc en la Universidad Católica, en Santiago, y encontré actitudes chocantes desde el primer día. No sé si era porque yo venía de un contexto donde estas normas ya estaban instaladas o porque en ese lugar había mucha permisividad con actitudes denostatorias hacia las mujeres. Estaba muy normalizado que se hablara de tu físico y no de tu ciencia, por ejemplo.

¿Cómo impactó eso en tu trayectoria?

Fue una de las razones por las que salí corriendo apenas pude. Me aburrí mucho. Yo soy una científica y quiero hablar de ciencia. Pero me di cuenta de que desde ciertos liderazgos la conversación se iba a otros temas, cómo te perciben físicamente, o a otras mujeres , ese tipo de dinámicas. A mí eso me desagradó profundamente y generó una desconexión para poder trabajar científicamente en ese entorno.

¿Crees que esa cultura ha cambiado con los años?

Entiendo que después se visibilizaron mucho más estas situaciones, lo que obligó a que se comenzara a establecer normas de conducta más favorables para todas y todos.  Cuando yo llegué, que no fue hace tanto, recién alcanzaba la titularidad una profesora, entonces sí había un atraso importante, pese al prestigio institucional. Eso también fue un choque para mí, porque yo volví a Chile con la idea de contribuir, pudiendo haber hecho otras cosas, y me encontré con límites de coexistencia mínima en la academia que afectan el desarrollo profesional.

Cuando se habla del 8M en ciencia, a menudo se pregunta qué es lo más duro para una mujer en la carrera científica. ¿Cuál es tu mirada?

No creo que se pueda singularizar en una sola cosa, porque es multifactorial. Pero si hablamos de lo que deja fuera a muchas mujeres, es que en términos generales las mujeres no tienen apoyo y los hombres sí (esto es a nivel mundial). En condiciones en que la crianza es compartida biológicamente, lo esperable es que los hombres también tengan hijos, lo obvio, pero en la práctica la diferencia es el apoyo.

¿Qué tipo de apoyo marca la diferencia?

Apoyo real para quedarte tarde, para viajar, para sostener el ritmo de la investigación, porque la carrera científica lo requiere. A nosotras también nos gusta hacer eso. El punto es que muchas veces no están las condiciones para hacerlo.

Tu experiencia de maternidad fue distinta, ¿cómo lo viviste?

Yo tuve a mi hija muy joven, cuando empecé el doctorado. Andaba con ella para todas partes, en el laboratorio, en la bicicleta, me movía con ella para todos lados, incluso en las conferencias científicas fuera de la ciudad y el país. Y, por supuesto, tuve apoyos concretos que hacen toda la diferencia. La universidad me apoyó con un jardín infantil de calidad que no costaba más de lo que yo podía pagar, después vino la escuela, y además conté con dos o tres personas claves para poder estar tarde en el laboratorio.

¿Entonces el problema aparece más tarde en la carrera?

Sí, el cuello de botella más grave se produce cuando las personas toman la decisión de tener hijos cuando la carrera está en su máximo esplendor, cuando se está compitiendo por posiciones académicas estables. Si tienes apoyo, puedes avanzar, si no lo tienes, te cuesta mucho más. No significa que no se pueda, pero requiere más agallas y puede hacer que en algún momento la gente se canse y no lo vea atractivo.

También hablaste de un retroceso en los últimos años. ¿A qué te refieres?

A que, pese a que hubo un movimiento relevante por la igualdad, en los últimos años se ha retrocedido, y eso no hay que ignorarlo. La gente se cansó rápido del discurso feminista, se cansó rápido de la equidad, y ahora estamos sufriendo un retroceso. Es como si el tema estuviera resuelto, cuando ni siquiera comenzó a resolverse.

¿Cómo se expresa ese retroceso en ciencia?

Volvemos a liderazgos 100 por ciento masculinos y se aceptan sin discusión. En algún momento en Chile se impulsó que los liderazgos fueran 50 y 50, y eso puede debatirse, pero hoy volvimos a liderazgos masculinos y ya no parece un problema. Es muy fácil retroceder.

¿Y qué pasa con las cuotas, cuando existen?

Pueden nombrarte líder por una cuota, pero otra cosa es que el grupo acepte ese liderazgo. A mí eso me ha afectado, porque se desatan actitudes donde se instala la idea de que no es mérito, es “cuota”. Y ser líder es una tarea dura. Parte de esa dureza es que muchos no aceptan el mérito femenino como aceptan el mérito masculino. No es personal, es societal, viene de lejos.

En ese escenario, ¿cómo se construye un laboratorio exigente científicamente y a la vez justo para mujeres y hombres?

Yo he trabajado con muchas mujeres desde que partí, tuve muchas mujeres a mi cargo. De hecho todavía no he graduado hombres de doctorado, todas mis estudiantes graduadas son mujeres. Mi carrera comenzó con un colectivo femenino muy potente y eso fue muy importante para mí, se construyeron vínculos de respeto y también de amistad. Cuando una empieza, una es joven como la gente que está al lado, y hay una necesidad de construir juntas, porque una no sabe nada todavía.

¿Qué se necesita para sostener ese camino, especialmente cuando aparecen los cuidados?

Apoyos institucionales, negociar becas, pelear por extensiones, conversar lo que parece obvio, como el acceso a jardines infantiles o apoyos económicos. Hay instituciones donde eso sigue siendo raro. Pero además, y esto es importante decirlo, la ciencia requiere motivación. No es un trabajo de segunda opción. Si tú quieres ser científica, lo vas a lograr incluso con uno, dos o tres hijos a cuesta, yo lo he visto. Pero sin motivación, se hace muy difícil.

¿Qué importancia tiene la divulgación? ¿Por qué importa salir del mundo académico?

Porque si tú no escuchas algo, no sabes que existe. La divulgación es comunicar, transmitir, crear un mundo que en la mente de otro no existía y hacerlo disponible. Somos seres gregarios, funcionamos como comunidades, yo hago una parte, tú haces otra, y luego nos comunicamos. Eso es virtuoso, le hace bien a quien recibe y también a quien lo comparte.

En enero participaste en una actividad en el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia en el Museo de Historia Natural de Valparaíso, con gran convocatoria. ¿Qué te dejó esa experiencia?

Fue impresionante. Cuando entré al museo estaba lleno, casi no podía pasar. Había muchísimas niñas, muchas mamás y profesoras, y uno que otro hombre. Me hubiese gustado ver más papás, porque si no, no avanza la cuestión. Las preguntas eran muy buenas, preguntas de curiosidad, pero también preguntas prácticas, cómo mantener en una niña la intención científica. Eso me gustó muchísimo.

¿Qué crees que explica ese interés tan temprano por la ciencia?

Que la infancia es curiosa por naturaleza. Las niñas y los niños ya traen eso, no hay que inculcarles nada, hay que generar espacios y, sobre todo, no apagar ese deseo. También importa mucho el contexto. Yo me crié en Cuba y había un discurso social fuerte, un proyecto país donde la ciencia era una prioridad, se hablaba de personas, no de “niñas y niños”, y eso permea. Cuando creces en un entorno así, no sientes que estás remando contra la corriente.

Para cerrar, ¿qué mensaje dejarías a las jóvenes que quieren dedicarse a la ciencia?

La ciencia es una necesidad para quienes amamos este trabajo y disciplina. Por lo tanto, desde esa necesidad se vuelve una condición de la felicidad. Les deseo que vayan para adelante con autorrespeto y motivación y también les deseo que tengan los apoyos que hacen que estos sueños sean posibles, porque sí se necesita apoyo real de las instituciones y comunidades que escuchen.

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