Ramón Latorre: el científico soñador que cree en Valparaíso

El Premio Nacional de Ciencias 2002 está totalmente comprometido con la ciudad. Lidera la construcción del Centro para las Neurociencias en el Barrio Puerto, está en contra de la gentrificación y dice que el Mall Barón es un “horror”.

Claudia Carvajal R.

Aunque preferiría estar de cabeza en sus investigaciones, Ramón Latorre (Premio Nacional de Ciencias 2002) hace varios años dejó de ser exclusivamente un “ratón de laboratorio” y se abocó a una “locura”, como él mismo lo reconoce: la construcción de un edificio para el Centro Interdisciplinario de Neurociencias de la Universidad de Valparaíso, que dirige desde el 2008.

Y después de años de golpear puertas, escuchar a políticos que prometían pero no cumplían con gestionar el financiamiento, aquel sueño por fin se concretará. Se espera que antes de fin de año parta la obra en pleno barrio Puerto, donde antes estuvo el edificio Santiago Severín, justo detrás de la Iglesia La Matriz.

La visión de Latorre es que los científicos del centro -actualmente reúne a 150 personas- sean un aporte tanto para la academia como para el barrio; se integren a él, le den más vida, compren ahí, se relacionen con la señora que vende verduras o la que hace el pan.

“Esto está inserto en mi pensamiento de cómo construir ciudad y para mí la ciudad es un todo, no la puedes separar en partes. Y es por eso que las universidades no pueden irse del centro, las universidades tienen que pertenecer a la gente”, dice con énfasis Latorre.

La llegada

Latorre cuenta cómo fue su arribo a la ciudad y a la Universidad de Valparaíso. “Me invitaron los colegas a tomar la dirección de este centro, que en ese tiempo se llamaba Centro de Neurociencias de Valparaíso. Algunos dicen que lo único que he hecho yo es ponerle la ‘i’, de Interdisciplinario. Les dije que lo primero que necesitábamos era una casa nueva y eso significaba hacer un edificio. Es raro que un profesor llegue con esa idea dentro de una universidad pública”.

Este bioquímico de profesión tenía esa visión, pero el ambiente no era de los mejores en la universidad. “Me vine en una época en que estaba en muy malas condiciones, tenía problemas con el rector; tenía una deuda inmensa, y era muy poco probable que se pudiera realizar un sueño como el mío. Dadas las condiciones que había en esa época, conversamos con el intendente, en ese tiempo el señor Iván de la Maza, que nos prometió el oro y el moro, nos dijo que sí, que no nos preocupáramos, pero no nos dio nada. Tampoco encontrábamos el lugar… En mis sueños más profundos pensaba que el edificio Luis Cousiño era ideal, pero eran muchos millones”.

Pero Aldo Valle asumió como rector y todo cambió. “Ha sido estupendo, muy bueno, es una académico en el amplio sentido de la palabra, con una visión de universidad pública. Hicimos muy buenas migas”.

-¿No se conocían de antes?

-No. Y la verdad es que en toda mi locura me ha podido seguir y yo soy un humilde sirviente, en el sentido de servidor. El servidor público ha desaparecido de Chile, ahora hay empleados públicos. En ese sentido los dos compartimos ese ideal del servidor público y para mí, mirando en perspectiva, las universidades han sido y deben recuperar ese rol de cunas de la democracia, porque en las universidades públicas todas las creencias y todas las diferentes visiones del mundo son permitidas.

Tan buenas migas hicieron Valle y Latorre, que el año 2011 logró que lo ayudara a traer a Valparaíso la exposición El túnel de la ciencia. “En Conicyt estaban en conversaciones con el instituto Max Planck para traerla a Chile. Yo propuse hacerlo en Valparaíso. Le dije al rector y no era poca plata. Inmediatamente se hizo, lo tuvimos acá, tuvimos más de cien mil personas en esa exposición y se volvió a traer. Eso es tener visión de qué es lo que realmente le importa a la gente. En el Puerto de Ideas todos los lugares se llenan, la gente necesita cosas diferentes, necesitan cosas estéticas, necesitan belleza”.

Buscando y buscando lugares para instalarse dieron con el abandonado edificio Santiago Severín -o lo que queda de él- al que pronto bautizaron como Juan Ignacio Molina, en honor al primer científico chileno y que tuvo un paso por la ciudad. Ubicado en la intersección de las calles Severín con Santo Domingo, el inmueble albergó al Congreso entre enero y agosto de 1828, antes había sido convento jesuita y hasta el 2004 funcionó como comisaría,pero un incendio dejó trunca su historia.

“Lo vi y dije ‘Aquí hay que quedarse’. Es el corazón de nuestro puerto y estamos muy bien protegidos por la señora que tenemos al frente, que es la Iglesia La Matriz. Vi la placita y borré toda la pobreza, los pequeños detalles, la caca de perro y me sentí, te prometo que es cierto, no es una siutiquería ni nada, en un barrio de Europa…yo viví en Roma dos años. Lo imaginé lleno de niños corriendo, con los colegios funcionando y sobre todo con la idea de que los más humildes que viven ahí mejoren su situación. Los científicos somos locos pero también somos ubicados, somos capaces de crear espacios. Un centro que hace cosas tan raras como las neurociencias, metido en este barrio precioso”.

-¿Y qué es el CINV, qué se va a hacer ahí?

-Es un poco difícil de traducir, pero trataré de ser lo más simple posible. Nosotros funcionamos con todo nuestro cuerpo, pero la máquina que hace que este cuerpo funcione es el sistema nervioso. En otras palabras, conversamos a través de todas estas señales que viajan por nuestro sistema nervioso. Todo lo que pasa y todo lo que hacemos, depende de cómo esté funcionando ese aparato. Entenderlo es entender al ser humano. Pero no sólo eso, sino que cómo funcionan todos los seres vivos. Porque incluso las plantas se comunican con señales eléctricas. Se trata de entender porqué cuando yo te hablo sé que me estás contestando, o cuando te veo tengo una visión de tu cara y puedo saber si estás enojada o contenta o te está pareciendo que esta entrevista es una lata.

Latorre continúa y aterriza un poco más la pega del CINV. “La población de Chile está envejeciendo, y más que morirse de enfermedades como ataques al corazón o influenza, van a empezar a aparecer los problemas de los viejos. ¿Y cuáles son? Enfermedades del sistema nervioso; Alzeheimer, Parkinson. Entender el sistema nervioso va a ser una posibilidad de atacar esas enfermedades y dar soluciones a esos problemas”.

-Cuando usted habla de mejorar el barrio ¿lo que busca es beneficiar a las personas que viven ahí y no dar paso a la gentrificación que le ha cambiado la cara a tantos lugares en Valparaíso?

-Mi imagen es que una vez que lleguemos hagamos que el puesto de frutas que está ahí, que el lustrabotas, que quien vende el diario, tenga más posibilidades de sobrevida, de ser un ser humano más contento. No se trata de resolver todos los problemas de Valparaíso, pero la idea precisamente no es desplazar a la gente humilde que vive ahí. Es hacerles la vida mejor. A los niños de esos colegios los queremos en nuestro centro, queremos hablar con los profesores de ciencia y decirles, “qué quieren aprender de nosotros, cómo aprendemos juntos”. En Roma la gente no está desplazada del barrio histórico, donde llegan millones de personas. La idea más interesante, y por eso no han dado los fondos, es que acá hay una ganancia social y eso significa mantener a las familias que han vivido toda su vida ahí y dar la posibilidad de que se transforme en un mejor barrio.

-Pero lamentablemente y por distintas razones, los porteños se van de la ciudad, por un incendio o porque venden las casas para transformarlas en hostales o lofts…

-Eso es lo que queremos evitar. Ese es mi sueño, pero en todas las competencias uno puede ganar o perder; esta es una apuesta, veamos cómo funciona. Pero estoy seguro de que si llegan 150 personas de las que somos actualmente en el centro, va a haber un flujo de gente diferente. Si necesitamos hacer un cóctel con invitados muy famosos, queremos que la gente de ahí lo prepare. Aunque sean sanguchitos humildes, pero bien hechos. Y vamos a contratar todo lo que produzca el barrio. Somos tremendamente ambiciosos, queremos ser el mejor centro de neurociencias del país, de Latinoamérica e importarnos. De esa manera, los científicos que vengan se van a saltar Santiago, porque acá sufrimos de mucho centralismo. Esa es otra de las razones por las cuales me vine aquí, realmente creo en la descentralización. Acá se necesitan proyectos concretos, que se hagan, porque hablamos mucho y hacemos poco. Ese es un problema de los políticos también, hablan mucho y no se dan cuenta que están solos.

-Pero hay algunos proyectos emblemáticos y polémicos que tienen a los porteños divididos, como el Terminal 2 y el Mall Barón.

-Esos son horrores que no corresponden a un puerto como éste, a un puerto tan principal como diría la Violeta (Parra). Acá no corresponde hacer un mall frente al borde costero, ahí hay que hacer un parque, grandes restoranes para que vaya la gente, juegos para los niños. La continuación de ese borde costero que tiene Viña, porqué no imitarlo…y acá pensamos en poner containers, taparle la vista a la gente. Ese es un horror. Se hacen las cosas con poca imaginación. No es propio de esta ciudad un mall, Chile es el país que tiene más malls por habitante del mundo, para qué queremos otro ahí, ¡póngalo en otro lado! No es necesario insultar es espacio, hay que evitarlo. Para qué voy a tener un supermercado mirando al mar, si es la gente la que tiene que mirar al mar.

-En lo personal, ¿no lo complica distraerse del laboratorio por esta aventura?

-Me complica muchísimo. El problema que yo he visto en muchos científicos es que una vez que entran en un proceso de hacer otras cosas, dejan de hacer ciencias y ese es un peligro enorme. Si los boxeadores no están corriendo y dando golpes todo el día, se les ablanda el estómago; entonces si los científicos no seguimos produciendo y no estamos al tanto de lo que está pasando, ligerito empezamos a decir tonterías. Tengo que trabajar el doble no más, a pesar de que explotar a la tercera edad está penado por la ley…Si los científicos no nos mostramos a la sociedad no podemos pedir cosas. Tenemos que convencer al Estado de que lo que importa para el país es crear una sociedad del conocimiento.

Lee el artículo original en LA ESTRELLA DE VALPARAÍSO

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